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Dr. Mauro Napsuciale Mendívil
Director de Apoyo a la Investigación y al Posgrado,
Universidad de Guanajuato

¿Quién no tiene una sensación de estar en peligro cuando escucha la palabra radiación? Inevitable. Como entes sociales que somos, desarrollamos percepciones con base en la información que nos llega del entorno y, si no la procesamos adecuadamente, de manera inconsciente adoptamos posturas inducidas a partir de información sesgada o incompleta. Pero si la radiación es un peligro intrínseco, entonces somos intrínsecamente peligrosos. ¿A que nos referimos? Muy simple, nuestros cuerpos emiten radiación.

Primero, hay que aclarar que hay muchas formas de radiación. La más conocida es la electromagnética. Nos llega de muchas fuentes como veremos, pero la emisión más familiar es la del sol, que nos proporciona la energía necesaria para mantener la vida en nuestro planeta y produce esos fabulosos atardeceres rojizos o los azules cielos de los días despejados por su dispersión en la atmósfera. Esto lo apreciamos con nuestros propios ojos, que son detectores de radiación que nuestra evolución como especie ha generado. Por supuesto, la evolución está condicionada por la supervivencia de la especie y por ello nuestros ojos tienen mayor sensibilidad en el color (la longitud de onda, decimos los físicos) en la que el sol más emite, el amarillo, aunque podemos detectar todos los colores del arco iris.

Sin embargo, existe radiación en otras longitudes de onda que nuestros ojos no pueden ver, especie de “colores” que no hemos clasificado como tales porque nuestros ojos no los detectan, pero que están ahí. Afortunadamente, nuestros ojos no son los únicos detectores de radiación que la naturaleza nos ha dado. ¿Alguna vez has puesto la mano cerca de la parrilla de la estufa después de cocinar? La parrilla no emite luz visible, pero emite algo que sentimos con nuestras manos. Pues es lo mismo, luz o radiación electromagnética, en longitudes de onda que nuestros ojos no detectan, pero nuestra piel si. Se debe a que la parrilla está “caliente” y todo cuerpo caliente emite radiación electromagnética. De hecho, si calentamos la parrilla más y más, eventualmente se pondrá al “rojo vivo”, esto es, empezará poco a poco a emitir radiación en el rojo, que sí podemos ver, y si continuamos calentándolo emitirá en todos los colores del arco iris juntos que nosotros percibimos de color blanco; en palabras de los herreros, al “rojo blanco”, una contradicción semántica, por supuesto, pero útil en el oficio.

Lo que de esto se deduce es que los cuerpos calientes emiten radiación y el “color” de la radiación depende de la temperatura. En realidad los cuerpos calientes emiten en todas las longitudes de onda, aunque la radiación emitida es mayor a cierta longitud de onda que depende de la temperatura. Como sabemos, nuestros cuerpos están a una temperatura aproximada de 36 grados centígrados, por lo tanto emitimos radiación electromagnética, y si ésta es considerada peligrosa, somos entonces un peligro andante.

Por otro lado, todo el material inerte que nos rodea está a temperatura ambiente y por lo tanto también emite radiación. Vivimos pues, en una especie de baño de radiación electromagnética.

Existen además otras formas de radiación. Desde finales del siglo XIX, descubrimos que los núcleos de algunos átomos pesados emiten radiación. Pareciera algo lejano a nuestra experiencia, pero los mecanismos de aprovechamiento de energía de nuestras células usan elementos como el potasio (K) y procuramos comer plátanos, que además de ricos son una fuente natural de este elemento. Pues bien, el plátano contiene también, en pequeñas cantidades, una forma exótica (“isótopo”) de este elemento, llamado potasio K40, que es inestable y después de un tiempo decae en Calcio emitiendo unas partículas llamadas electrones y anti-neutrinos (una de las formas de la anti-materia). Lo mismo sucede con otros alimentos. Mejor aún, estos y otros materiales radiactivos existen de manera natural en la tierra (suelo, rocas, ríos, mares, plantas) así que no solo vivimos en un baño radiación electromagnética, sino que además comemos, emitimos y vivimos en medio de esta otra forma de radiación relacionada con otra interacción en la naturaleza, la interacción débil, que sienten las partículas que forman los núcleos de nuestros átomos. Hoy día sabemos que los núcleos están formados por protones y neutrones y que a su vez estos están compuestos por otras partículas, los quarks. Protones y neutrones son una especie de cascarones infranqueables para los quarks, que viven confinados en su interior por la interacción fuerte. Sienten además otras fuerzas, entre ellas, la interacción débil que es la responsable de los decaimientos de un tipo de quark en otro emitiendo electrones y anti-neutrinos que escapan del cascarón porque estas partículas no sienten la interacción fuerte. Al escapar dejan como huella, la conversión de un protón en un neutrón, lo cual redunda en la conversión de un núcleo en otro. Así el K40, cuyo núcleo tiene 19 protones y 21 neutrones, decae en Calcio con 20 protones y 20 neutrones emitiendo un electrón y un anti-neutrino.

Así que ahora, cuando te comas un plátano, podrás imaginar tu cuerpo como lo que realmente es, una fuente de fotones, neutrinos, electrones y sus anti-partículas, inmerso en un mar de partículas que produce la tierra o nos llega del espacio y de la atmósfera. Pensándolo así, la radiación no puede ser tan mala. O quizá sí, cuando nos llega en dosis a las que nuestra evolución no nos ha acostumbrado, pero eso será motivo de otro artículo. ¿Sabías que en el Departamento de Física de la Universidad de Guanajuato, Campus León, existen especialistas destacados a nivel mundial en estos temas?. Bueno, ahora ya lo sabes. Buen provecho.

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