dr cruz torres

Dr. Christian Enrique Cruz Torres
Departamento de Psicología
División de Ciencias de la Salud
Campus León, Universidad de Guanajuato

México tiene una histórica fama como un país corrupto, siendo de hecho el más corrupto de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico en 2016, según datos de Transparencia Internacional. Se ha calculado que esta corrupción nos cuesta hasta el 10% del Producto Interno Bruto: peor aún, la corrupción y la impunidad que genera (que es también de las peores del mundo) son el caldo de cultivo perfecto para los grupos de crimen organizado dedicados al narcotráfico, el secuestro y el lavado de dinero.

¡Maldita corrupción! podríamos decir, y ¡malditos los corruptos! Algunos nombres de políticos vendrán con facilidad a nuestra mente, pero el problema no se limita a unos cuantos personajes. El INEGI en 2015 muestra que la mitad de la población ha sobornado a alguna autoridad policial y un 22% ha dado sobornos para abrir una empresa. La Encuesta de Cultura Constitucional muestran que el 21% de los ciudadanos está de acuerdo o muy de acuerdo con la frase “violar la ley no es tan malo, lo malo es que te sorprendan”. ¿Quiénes son esos corruptos entonces? ¿Sus vecinos? ¿Sus amigos? ¿Usted y yo?

El problema con una corrupción tan extendida es que se “contagia”. Los experimentos de Kees Keizer y sus colegas, publicados en la revista Science en 2008, confirman que ver que otras personas rompen las reglas motiva a los demás a imitarles. En la Universidad de Guanajuato hemos estudiado este efecto mediante una encuesta realizada en siete estados de la República. Preguntamos cuántas veces habían realizado acciones como pasarse un alto, dar un soborno a un policía o usar billetes falsos; y preguntamos también cuántas veces habían visto o sabido que otras personas lo hicieron. Siete de cada 10 encuestados nos dijeron haber violado esas normas una o más veces. Más importante, encontramos que saber que otros rompen las reglas incrementa las probabilidades de imitar estas conductas en un 30%.

¿Qué podemos hacer entonces para combatir la corrupción que tanto nos daña? Primero, reconocer que es un problema de ciudadanos y no sólo de gobierno y funcionarios públicos. Segundo, no ser corruptos, respetar las reglas y, por qué no, presumir que nosotros respetamos los altos y pagamos nuestras multas si cometemos alguna infracción. Así será más difícil que cualquier corrupto se justifique diciendo “!Vamos! ¡Todos en México somos corruptos!” porque usted será la mejor evidencia de que es mentira.

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